lunes, 10 de abril de 2017

LA LEYENDA DE LAS VILCAS

Vivíance en Tacna los tiempos del cacicazgo. Eran épocas  de tranquilidad y sosiego, en las que el imperio de los incas, a base de trabajo y más una esquina trabajo, iba alcanzando una expansión paulatina.
En aquel entonces, el cacique de las  benignas tierras tacneñas era Apu Vilca, un hombre de carácter decidido y resuelto de quien no se podía esperar ningún perdón. Apu Vilca tenía una descendencia numerosa: sus primeros 13 hijos, fueron por coincidencia, varones. Una hija cerró tal atavismo en la familia Vilca. Ella fue la última y su padre la llamaba simplemente “Vilca”. Era su adoración. Desde niña, Vilca fue muy bella, obediente y laboriosa. Cuando llego la adolescencia, su padre la consagro al culto del Sol, integrándose al grupo de las acllas, jóvenes hermosas y de encantadoras voces que rendían permanentemente culto al dios.
Ante la llegada de Pachacutec al valle de Tacna, con el objetivo de expandir su imperio, Apu Vilca organizo los preparativos para la recepción del ejército imperial y alisto, para que se sumara a él, un contingente de jóvenes y fuertes muchachos. A la entrada briosa de los visitantes, comenzaron los festejos de bienvenida. Durante estos acontecimientos, el jefe Huacca demostró su interés por la hija de Apu Vilca, pero paradójicamente la hermosa Vilca respondía con reciprocidad las galanterías de otro audaz mozuelo, quien era un simple guerrero.
Apu Vilca consciente del interés del jefe Huacca por su querida Vilca, decidió dársela en regalo, pero cuando su hija se entero, ésta se negó rotundamente a aceptar y entre llantos y lamentos, conto a su padre que estaba enamorada del guerrero Sonocco.
Su padre, lleno de ira, ordenó llamar a Sonocco para que rechazara a su hija, pero Vilca advirtió la maniobra y, llevada por el rencor, trató de huir. Lamentablemente su padre, motivado por la ira, mandó a encerrar a Vilca en una de las nacientes del valle.
Con el llanto de la princesa los cerros se conmovieron y se arrugaron, y por las grietas del sol, Vilca pudo escapar por un forado, trepando a la cumbre del cerro Callata, en el noreste de Tacna. Desesperada por amor, se lanzó desde allí, cayendo de brazos abiertos y formando con su cuerpo una cruz en la tierra. La Madre Tierra se entristeció, y queriendo prolongar la vida de la joven, la convirtió en un árbol hasta entonces desconocido, al que los lugareños llamaron “Vilca”. Con el tiempo, las aguas que riegan Tacna se encargaron de diseminar las semillas que produjo la primera vilca por todo el valle, recordando en cada una de ellas  el espíritu indómito de la princesa tacneña que prefirió morir a vivir sojuzgada.
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